




Pedantería sin piedad






Jarmusch es un cineasta con un universo muy particular y una forma de ver las cosas muy personales. Sus películas nacen a partir de sus sentimientos, de sus filias, de sus fobias. Podríamos decir que es "el hermano fácil" de David Lynch y The limits of control, su Mulholland Drive (espero que esto no asuste al lector, el film es radicalmente distinto al de Lynch a la par que "comprensible").
Por la tarde tuve la suerte de ver una de las mejores películas que han pasado por el festival. Es una lástima que Màscares, de Elisabet Cabeza y Esteve Riambau, haya pasado tan desapercibida tanto para público como para crítica. Se trata de un documental que retrata el proceso de creación de un personaje por parte de un actor. Aquí, el actor, el inconmensurable Josep Maria Pou; el personaje a encarnar, nada más y nada menos, el gigantesco Orson Welles. Su contenido puede ser discutido, los métodos de Pou pueden ser más o menos infablibles (no olvidemos que "cada maestrillo tiene su librillo") pero lo que no podemos negar es que se trata de un testimonio único, una clase magistral de uno de los grandes actores de teatro y cine en España y su visionado debería ser obligatorio en toda escuela no sólo de interpretación sino también de cine o comunicación.

La debutante Coll firma una película sencilla, inteligente, sin artificios, bien escrita e interpretada, con madurez, realista. No cae en la clásica tendencia de intentar conseguir la lágrima de la forma más directa. Su película rebosa sentimientos, dramatismo, pero sin obviar las realidades de la vida misma que, a veces, en los momentos más tristes nos llegan a sonsacar una sonrisa. Los personajes están dibujados al milímetro, sin desvíarse en un sólo momento, desde la debutante Nausicaa Bonnin hasta el siempre excelente Eduard Fernández.
Una grandísima opera prima en la linea del cine de Cesc Gay o de la "nueva" nueva ola francesa -no confundir con nouvelle vague-. Espero -y deseo- para la directora un futuro cargado de éxitos a la altura de su primer film.

A favor debo decir que la película significó un golpe de aire fresco en medio de las proyecciones del festival. Nada que ver con lo visto anteriormente: aquí no hay mal rollo, no hay tristeza, no hay lágrimas, es cine de consumo fácil y eso se agradece después de ver varias películas que, pese ser interesantes, comienzan a saturarte las puertas de entrada al cerebro.
El tercer día fue más ligero, pero no por ello menos agradable. Les cuento en la tercera parte de la crónica.
Get Low

Get Low
Por la noche nos esperaba la gran mentira del festival: Los viajes del viento, de Ciro Guerra. Si con la anterior película maldecí los trailers, con esta me doy cuenta de que las sinopsis también son engañadoras (por algo hace mucho que dejé de leer sinopsis y ver trailers...). Dije que se trataba de un drama con un estilo cercano al documental musical. Pues, señores, ni drama ni documental (bueno, quizá en sus formas un poco...) ni musical. Es más, diría que ni siquiera hay estilo. La película cuenta cómo un cantor-acordeonista de prestigio (con cierto parecido al presidente de Cantabria) emprende un viaje para cumplir una promesa. En este periplo lo acompaña un ridículo jóven bastante cansino (éste se parece a Ronaldo), encarnado por un actor que no sabe actuar, con la intención de aprender a tocar como el maestro al que sigue. No hay más. Dos horas en las que el hombre rueda por desiertos colombianos con su acordeón y con el niño dándole la brasa. Se encuentra con ciertas situaciones que muestran la Colombia profunda (sin guerrilla, por cierto) y nos las filma como si estuviésemos viendo las fiestas patronales de nuestro pueblo grabadas por la televisión local. A la media hora de película hay una secuencia de exagerada duración en la que vemos un duelo de cantores-acordeonistas bastante insufrible y debería haber sido suficiente para echarnos de la sala, pero no fue así. Seguramente este cine tiene su público. Algunos dirán que es cinema-verité o incluso se inventarán un término para etiquetar la película pero, desde luego, yo no me encuentro entre el grupo de admiradores de este tipo de películas que, desde la sinceridad, me parecen una auténtica pérdida de tiempo y de dinero. Volviendo a la pensión imaginé a Ciro Guerra, al que en mi fantasía le puse un ridículo bigote, recogiendo un premio al tiempo que dice "a mi los premios me dan igual", emulando a un viejo conocido de este blog...
El presidente Revilla con su acordeón
Ronaldo de joven dando la brasa
Con esto me fui a dormir (demos gracias que no me dormí en la misma sala) pensando que Jim Jarmusch me esperaba a primera hora de la mañana. Fue con The Limits of Control cuando me di cuenta que debía ponerme las gafas de pasta con urgencia para disfrutar del festival, pero esto ya os lo contaré en la siguiente entrada.


Especialista en castillos de fuegos artificiales cinematográficos, Bay no parece acostumbrarse al estilo de cine que practica. A sus imágenes les falta fuerza, garra... y por muy violento que sea aquello que muestra en pantalla se queda siempre como un globo desinflado. Además, cuenta aquí con el apoyo en la producción de otro de los gordos de Hollywood, Spielberg, y la combinación resulta altamente peligrosa. Al comienzo de esta segunda parte de Transformers hay una secuencia de vergüenza ajena y huele muy mucho a Spielberg. En casa de Sam (Shia LaBeouf), se forma un desastre de los que hacen historia y el Transformer que guarda en el garaje escondido de los ojos de los vecinos (sí, ¿qué pasa? Yo también tengo uno...) parece comportarse como la resurrección en forma de robot de E.T. Ridícula.
Luego Sam va a la universidad, el personaje de su madre intenta hacernos reir inútilmente (como casi todo el humor de la película, puagh), aparece una lagarta (literalmente) que intenta poner celosa al personaje de Megan Fox y... a partir de aquí se anima el cotarro aunque caiga en una segunda parte de film en la que se limita a bombardear robots en medio del desierto mientras el pobre de Shia corre junto a su amada Megan para poder salvar el mundo. Pese lo que pueda parecer, es la parte más entretenida. Y Bay se defiende.
Podría seguir desmenuzando la película pero no lo voy a hacer. Sólo añadiré, oponiéndome a algunos comentarios, que dudo mucho que Bay sea un genio (y mucho menos un autor); que echo de menos las películas que Spielberg producía en los ochenta; y que Shia LaBeouf deberá demostrarnos que es un gran actor en otra película porque pasarse el metraje entero corriendo o hablando con un 3D no lo convierten en ello.

No quiero despedirme sin antes reseñar que el personaje de John Turturro, pese su inverosimilitud, es de lo mejor (y más gracioso de la película) y que Megan Fox está como un tren. Lo siento, tenía que decirlo.
Durante el último Festival de Cannes surgía de nuevo la polémica. Nuestro cineasta más internacional, Pedro Almodóvar, arremetía una vez más contra El País y Boyero. Aseguraba que el crítico perseguía metódicamente a su figura desde sus inicios, derivando las críticas hacia los insultos a su persona y ejerciendo su trabajo de forma parecida a cómo dos amigos comentan en un bar, frente a una cerveza, una película que no les ha gustado.
Razón no les falta. Ni a Guerín, ni a Erice, ni a Almodóvar ni... a Boyero y a El País. ¡Que no les suene contradictorio!
Un crítico no es más que una persona que, supuestamente, aplicando sus conocimientos en la materia expone su propio juicio -subjetivo, personal- ante una obra -en este caso, cinematográfica-. Cualquier artista que exhibe su obra en público está expuesto a este tipo de valoraciones.
Seamos claros: una mala crítica jode. Pero para eso estamos, para sufrirlas.
Por tanto, gente con tanta experiencia como Erice, Guerín u otros más recientes como Albert Serra o Isaki Lacuesta, que también firman indignados -junto a algunos nombres que a muchos de los lectores de este blog le serán familiares si repasan la lista-, no deberían patalear sino seguir con su cine. Son afortunados de poseer un estilo tan particular y una ideología cinéfila tan personal. No lo digo yo, lo dice la crítica -hay vida más allá de Boyero-. Quizás deberían, sencillamente, hacer caso omiso. ¿No recordamos ya aquello de "a palabras necias... oídos sordos"?
Boyero es un crítico que dice lo que piensa y, aunque las formas lo pierden, se manifiesta siempre de forma honesta sin verse obligado a defender productos que otros defenderían aunque se alejasen de sus propios principios.
El problema surge cuando se habla de él. Los contrarios a Boyero parecen no darse cuenta de que con sus comentarios no hacen más que alimentar el ego del crítico, prepararlo para nuevos ataques contra ellos y contribuir en el aumento de popularidad de la sección de cine de El País, porque... a día de hoy, ¿quién no conoce a Boyero? Sin embargo... ¿cuántos sabemos de la existencia de Carlos Reviriego, Ángel Quintana o, incluso, Oti Rodríguez Marchante?
Una crítica puede mostrar aspectos que tu -como espectador o creador- no habías percibido; te puede ayudar a elegir qué película ver el sábado; pero no podemos olvidar que quien la escribe es de carne y hueso, que su opinión no tiene por qué ser más válida que la tuya y, al final, lo que cuenta es el criterio personal de cada uno, personal e instransferible. Todos tenemos derecho a decir por qué algo nos gusta o cómo hacerlo. Y todos sabemos con quién juntarnos a jugar...
Así, uno puede disfrutar de En construcción o El sol del membrillo al tiempo que lo hace de Hable con ella o del cine de gente tan dispar como los Coen, Aronofsky, Sam Raimi, Cronenberg, Tarantino o incluso Jess Franco, Paul Naschy y Amando de Ossorio. O, por lo contrario, detestar todas y cada una de las películas que he nombrado y elegir otros ejemplos. ¿Por qué no?
Al final todo se reduce a aquella frase tan infantil a la vez que efectiva: para gustos, colores. Y aunque muchos no lo crean yo defiendo que todos tenemos nuestro público -incluso yo con este blog-.
No entremos en absurdas polémicas. Vivamos y dejemos vivir.
Larga vida al cine (y a la crítica).